martes, 29 de octubre de 2013

Del Retorno de Agustín a Santiago de los Caballeros.




     El campanario de San Francisco estaba por anunciar la misa de domingo por la mañana, cuando el suelo se sacudió como queriendo hacer que hasta los pirujos fueran a escuchar el sermón. El padre Ricardo sintió que un espasmo en el pecho le imposibilitaba la respiración, así que decidió retrasar la misa un cuarto de hora. Hacía ya varios años que venía dando la misa puntual, y los fieles estaban acostumbrados a entrar agachados y ruborizados a medio Acto Penitencial. En ese cuarto de hora de retraso, Ricardo supo que la vida que vibraba en las calles empedradas y salpicaba los portones de madera se secaría, y dejaría en su lugar un olor a cal y abandono.

     Los estirones y jalones de tierra hicieron que los habitantes de la Alameda Santa Rosa salieran a buscar refugio en el cielo abierto de la calle. Sus oídos zumbaron y sus labios percibieron una neblina densa de sangre seca y hojas muertas. Como estatuas dando la bienvenida a la ciudad se quedaron inmóviles, mirándose los unos a los otros con los ojos vacíos, como mártires en plena hora nona.

     La sacudida hizo que Agustín buscara asirse a un árbol de jacaranda. Las flores moradas caían de las ramas de los árboles aturdidos no sólo por el temblor, sino que también por los vientos que en éstas épocas del año se consideraban como un presagio por las señoras que venden corozos en el mercado. Una nube de polvo y basura se levantaba a lo lejos en los Campos de la Pólvora. Los perros agitados corrían por los patios, ladrando a amos y muebles por igual. En la Merced, a la Dolorosa se le cayó el corazón atravesado por una daga. Estaba claro que el Espíritu de la Pesadumbre había regresado.

     El Padre Ricardo llegó al púlpito tras tomar medio litro de agua y ya con ganas de orinar. Los fieles que normalmente llegan tarde estaban esperándolo. Toda la ciudad se enteró de que su cáncer se había instalado en los callejones y zaguanes. Los vió a todos, pálidos y desesperanzados. No pudo comenzar el oficio, en parte por su vejiga. Las palabras no salían de su boca, la fluidez natural con la que comenzaba los oficios desde hacía varios años en el mismo púlpito se volvió timidez y temor. El mismo haz de luz que se filtraba por las ventanas de la base de la cúpula iluminaba el centro del altar. Por ese haz de luz bailaban microscópicos residuos de polvo, algodón y poliéster. El templo aún estaba frío por el sereno que se deslizaba entre las hendiduras de los portones y corría alegremente por el piso de piedra durante las madrugadas de gallos adormecidos. El silencio emitía vibraciones pesadas que caían sobre los hombros de los fieles; más pesadas todavía que las andas procesionales para los pecadores.

     Como escena ensayada, todos los presentes regresaron a sus hogares con un nudo en la garganta y sus manos sudaban frío. Por la Calle del Agua trotaba una mula ante el estupor de los escasos transeúntes. Las campanas del Calvario repicaron y los padres de todas las iglesias prepararon sus maletines con almuerzos sustentosos. La reunión del Segundo Domingo de Cuaresma sería la más larga en varias décadas.


--

No hay comentarios:

Publicar un comentario