No era guapa, y mucho menos tecno-cumbiera. Tenía el pelo enmarañado y su mirada escapaba al contacto directo con las personas en la sala improvisada de aquella casona que alquilábamos tres. Éramos cuatro o cinco de vez en cuando. Llegamos a ser seis una vez.
Es una típica casona del Centro Histórico, espaciosa, con puertas estrechas, tuberías mal planificadas, dos patios y partida por la mitad. Nuestra mitad estaba bastante descuidada. La negligencia de los años le daban un toque bohemio, la lamiluz que cubría los dos medios patios hacía que el aire y la nostalgia de los Bauer se apelmazaran en los corredores. Los anteriores inquilinos le habían transformado en un colegio pequeño, y los murales mal pintados le daban un aspecto inquietante de noche. ¿Alguna vez estuviste de noche por un colegio abandonado? Las risas y travesuras de los niños quedan atrapadas al atardecer y te juegan bromas por la noche. A eso había que sumarle los quejidos, llantos, murmullos y gritos de dolor que emanaban del hospital que ocupaba la otra mitad de la casa.
Atraída inevitable y súbitamente por la gravedad, su cabeza pegó de repente sobre mi hombro. De un brinco alarmado volvió a erguirse, y de nuevo éramos dos estatuas ojerudas sentadas en el mismo sillón. Sus ojos se mantuvieron alerta por un momento. Traté de descifrar el nombre bordado en su blusa, y por el tipo de diseño supuse que era de alguna banda de rock nórdico. Fue entonces cuando me dí cuenta de los pequeños detalles que escapaban a mi distraída atención. Todo su cuerpo se estremecía de vez en cuando; era como si tuviera ráfagas de energía incontrolable y luchara contra el cansancio de mantenerse dentro de las fronteras de una conducta normal. Ojos irritados, respuestas retrasadas a preguntas sencillas, voz con una amplia gama de tonos, manos inquietas, respiración irregular.
Cuando el Chino se metió los billetes en el bolsillo, la pasó llevando del brazo. Los dos salieron al bullicio insoportable de la calle, se montaron en una scooter y se despidieron con una sonrisa de ojos rojos. Cerramos la puerta y regresamos a la sala a inspeccionar más de cerca la hierba que habíamos comprado. Me era dificultoso mantener la atención en un punto fijo, y cuando no miraba los cogollos pegajosos, veía las sombras que proyectaba la calle en la ventana, separaba las semillas y las ponía en un hermético aparte o escuchaba atentamente los ruidos que venían del hospital. Pareció una eternidad. Ambrosio interrumpió mi estado de distracción. -"¿Te diste cuenta? Esa chava andaba bien loca. De plano es coquera."
Gente de aquí y de allá, saltando en la vida de los otros, re-encausando ríos de existencia, moldeando y persuadiendo voluntades, intercambiando experiencias, fortaleciéndose. Unos vienen con la mano extendida, esperando vivir lo suficiente como para no tener que despedirse antes de que la champurrada húmeda caiga en la taza de café hirviendo. A otros, los vemos pasar de lejos y solamente nos quedan sus haces de indiscreción. En algunos atardeceres, cuando las risas de los niños quedan atrapadas en el naranja del sol poniente, me dedico a enredar historias en las que aquella muchacha muere de sobredosis. Otras historias hay en las que escala a través del mundo del narcotráfico. Otras muy pocas y de ocurrencia rara, relatan un cuento en el que, tras varias introspecciones, logra mantener a raya las impertinencias de su nariz. Pero ayer, cuando el atardecer no fue naranja sino azul oscuro, imaginé que todos en la sala estábamos en algo, menos ella.
Juro que hay historias felices por contar acerca de la casa en el 512 del Centro Histórico.
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