Daba una y veinte vueltas en la cama, sin poder ignorar el bullicio de los de afuera. Me levanté, pies descalzos y pelo enmarañado, para ir al patio trasero. Entonces la ví: redonda y brillante como la yema de un huevo, flotando en el cielo distante.
Soy de las personas que siempre han visto la luna plana. Tan plana como la que uno dibuja en los cuadernos de adolescencia estudiantil aburrida en los cuadernos del colegio. Tal vez el alcohol que flotaba en el ambiente había penetrado los poros de mis brazos descubiertos, o mis pies habían pisado el LSD que Ambrosio derramó en un cómico ataque de pánico el día anterior. Como puede ser que por vez primera vi el cielo sin prejuicios; sin esperar que aquel paisaje que siempre supuse como plano y punteado se me presentara tan lejano y palpable, con la redondez exquisita y brutalmente tangible de la luna. En ese momento pensé en apodarme Lunático, como aquellos que viven, ven y comen sin esperar nada. Como los que abrazan al futuro y lo vuelven su presente, llenos de voluntad y un corazón extasiado por la vitalidad del dasein. ¿La moraleja del cuento? Si sus hijos son bien entendidos, no les compren cuadernos.
Y claro que existen más historias estúpidas en el 512 del Centro Histórico, lo juro por mi vida.
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