sábado, 12 de octubre de 2013

De la epifanía que traería consigo la Casta Diva.





     Mis historias no se dan en la Francia de Vichy, tampoco en un pueblito del sur de los Estados Unidos. Mis experiencias brotan a borbotones del 512 del Centro Histórico casi histérico. Son tantas las memorias que es inevitable que las unas se entrecrucen con las otras a manera de piernas en busca de calor en una noche de noviembre con los cielos abiertos por el impetuoso viento norte. Los demás inquilinos discutían sobre curas para los males de amores en la puerta de la casa. Su cadencia y volúmen eran los propios de el borracho barato promedio, y sus bramidos y risotadas se confundían en el eco profundo y sordo de los corredores vacíos. El aliento a cerveza se embarraba por las paredes que traslucían murales infantiles bajo la fina capa de pintura blanco hueso, mientras que las cenizas de tabaco se dejaban arrastrar por el viento punzante que entraba por la misma puerta y salía por la parte de atrás. En ese sifón de aire se mezclarían varios olores y vivencias durante los siguientes meses, fantasmas que me visitan y se sientan a un lado de la cama por las madrugadas cuando despierto agitado, con los ojos vacíos y la nostalgia a flor de piel.

     Daba una y veinte vueltas en la cama, sin poder ignorar el bullicio de los de afuera. Me levanté, pies descalzos y pelo enmarañado, para ir al patio trasero. Entonces la ví: redonda y brillante como la yema de un huevo, flotando en el cielo distante.

     Soy de las personas que siempre han visto la luna plana. Tan plana como la que uno dibuja en los cuadernos de adolescencia estudiantil aburrida en los cuadernos del colegio. Tal vez el alcohol que flotaba en el ambiente había penetrado los poros de mis brazos descubiertos, o mis pies habían pisado el LSD que Ambrosio derramó en un cómico ataque de pánico el día anterior. Como puede ser que por vez primera vi el cielo sin prejuicios; sin esperar que aquel paisaje que siempre supuse como plano y punteado se me presentara tan lejano y palpable, con la redondez exquisita y brutalmente tangible de la luna. En ese momento pensé en apodarme Lunático, como aquellos que viven, ven y comen sin esperar nada. Como los que abrazan al futuro y lo vuelven su presente, llenos de voluntad y un corazón extasiado por la vitalidad del dasein. ¿La moraleja del cuento? Si sus hijos son bien entendidos, no les compren cuadernos.

Y claro que existen más historias estúpidas en el 512 del Centro Histórico, lo juro por mi vida.



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