lunes, 4 de noviembre de 2013

Del Hijo al Padre



Agustín se había soñado a sí mismo hincado a los pies del crucifijo del Calvario, el Cristo clavado en él más real de lo que parece. Las candelas encendidas entre Agustín y la imagen hacían que los detalles minuciosos de las llagas y heridas se distorsionaran al mover la cabeza. Al recinto entró un ruiseñor con el plumaje viejo y escaso, y se dejó caer en medio de la nave central de la iglesia. Agustín se dirigió con paso ligero al jardín, y  del árbol de Esquisúchil colgaba un muñeco de Judas colgado por los pies, los brazos por encima de la cabeza. Las flores caían del árbol y desvanecían antes de tocar el suelo, mientras tres niños jugaban arrancacebollas en con el tronco esbelto pero fuerte. Una mano tomó la suya, y al ver a su derecha, una niña con madrileña negra y la mirada pálida y perdida en el horizonte apareció de la nada. "Se llama Estela" pensó Agustín. Caminaron a la puerta de salida, y se vieron desde lejos saliendo del atrio de la Escuela de Cristo.

"La procesión está por salir, hagámonos a un lado" le dijo a Estela. Largas filas de penitentes con candelas brotaban de la entrada. Los penitentes vestidos de negro que cargaban sobre sus hombros la pesada anda de la procesión iban con los ojos cerrados y lágrimas rodaban por sus mejillas. Adentro del templo una marcha fúnebre se estrellaba con fuerza por las paredes, haciendo vibrar el pecho de Agustín. El anda salía de a pocos, cortando entre la espesa capa de incienso. La decoración minimalista y la iluminación hacían que el punto de interés fuera el Cristo Sepultado. Tras bajar las angostas gradas del atrio, sucedió que la imagen había cambiado, su pelo seguía teniendo los mismos rizos, pero había adquirido un tono rojo tinto. Sus vestiduras vieron nacer sepas de bordados dorados, el rostro se volvió más pálido, y la barba más abundante. "Es el Padre Eterno!" gritó una señora que veía la procesión desde el campanario, a tiempo que desvanecía y se dejaba caer desde lo alto. Los instrumentos de percusión sacudían las entrañas de los presentes. El parque de enfrente de la iglesia estaba medio lleno con peregrinos y curiosos. La imagen flotaba sobre el anda, y los penitentes seguían su camino. La gente alrededor de la procesión se arrodilló y todos comenzaron a rezar Padres Nuestros y Ave Marías. Agustín sentía que perdía el equilibrio, cayó y rodó por las gradas, sin utilizar sus manos para protegerse. Estela corrió en vano tras de él. Su cabeza dió con la calle empedrada al final del graderío, que ahora se sentía blando al tacto. Se sentó en medio de su cama, con la frente sudada y los latidos acelerados.

Después de una ducha con agua tibia, Agustín estaba más que seguro de regresar a Antigua.

martes, 29 de octubre de 2013

Del Retorno de Agustín a Santiago de los Caballeros.




     El campanario de San Francisco estaba por anunciar la misa de domingo por la mañana, cuando el suelo se sacudió como queriendo hacer que hasta los pirujos fueran a escuchar el sermón. El padre Ricardo sintió que un espasmo en el pecho le imposibilitaba la respiración, así que decidió retrasar la misa un cuarto de hora. Hacía ya varios años que venía dando la misa puntual, y los fieles estaban acostumbrados a entrar agachados y ruborizados a medio Acto Penitencial. En ese cuarto de hora de retraso, Ricardo supo que la vida que vibraba en las calles empedradas y salpicaba los portones de madera se secaría, y dejaría en su lugar un olor a cal y abandono.

     Los estirones y jalones de tierra hicieron que los habitantes de la Alameda Santa Rosa salieran a buscar refugio en el cielo abierto de la calle. Sus oídos zumbaron y sus labios percibieron una neblina densa de sangre seca y hojas muertas. Como estatuas dando la bienvenida a la ciudad se quedaron inmóviles, mirándose los unos a los otros con los ojos vacíos, como mártires en plena hora nona.

     La sacudida hizo que Agustín buscara asirse a un árbol de jacaranda. Las flores moradas caían de las ramas de los árboles aturdidos no sólo por el temblor, sino que también por los vientos que en éstas épocas del año se consideraban como un presagio por las señoras que venden corozos en el mercado. Una nube de polvo y basura se levantaba a lo lejos en los Campos de la Pólvora. Los perros agitados corrían por los patios, ladrando a amos y muebles por igual. En la Merced, a la Dolorosa se le cayó el corazón atravesado por una daga. Estaba claro que el Espíritu de la Pesadumbre había regresado.

     El Padre Ricardo llegó al púlpito tras tomar medio litro de agua y ya con ganas de orinar. Los fieles que normalmente llegan tarde estaban esperándolo. Toda la ciudad se enteró de que su cáncer se había instalado en los callejones y zaguanes. Los vió a todos, pálidos y desesperanzados. No pudo comenzar el oficio, en parte por su vejiga. Las palabras no salían de su boca, la fluidez natural con la que comenzaba los oficios desde hacía varios años en el mismo púlpito se volvió timidez y temor. El mismo haz de luz que se filtraba por las ventanas de la base de la cúpula iluminaba el centro del altar. Por ese haz de luz bailaban microscópicos residuos de polvo, algodón y poliéster. El templo aún estaba frío por el sereno que se deslizaba entre las hendiduras de los portones y corría alegremente por el piso de piedra durante las madrugadas de gallos adormecidos. El silencio emitía vibraciones pesadas que caían sobre los hombros de los fieles; más pesadas todavía que las andas procesionales para los pecadores.

     Como escena ensayada, todos los presentes regresaron a sus hogares con un nudo en la garganta y sus manos sudaban frío. Por la Calle del Agua trotaba una mula ante el estupor de los escasos transeúntes. Las campanas del Calvario repicaron y los padres de todas las iglesias prepararon sus maletines con almuerzos sustentosos. La reunión del Segundo Domingo de Cuaresma sería la más larga en varias décadas.


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sábado, 12 de octubre de 2013

De la epifanía que traería consigo la Casta Diva.





     Mis historias no se dan en la Francia de Vichy, tampoco en un pueblito del sur de los Estados Unidos. Mis experiencias brotan a borbotones del 512 del Centro Histórico casi histérico. Son tantas las memorias que es inevitable que las unas se entrecrucen con las otras a manera de piernas en busca de calor en una noche de noviembre con los cielos abiertos por el impetuoso viento norte. Los demás inquilinos discutían sobre curas para los males de amores en la puerta de la casa. Su cadencia y volúmen eran los propios de el borracho barato promedio, y sus bramidos y risotadas se confundían en el eco profundo y sordo de los corredores vacíos. El aliento a cerveza se embarraba por las paredes que traslucían murales infantiles bajo la fina capa de pintura blanco hueso, mientras que las cenizas de tabaco se dejaban arrastrar por el viento punzante que entraba por la misma puerta y salía por la parte de atrás. En ese sifón de aire se mezclarían varios olores y vivencias durante los siguientes meses, fantasmas que me visitan y se sientan a un lado de la cama por las madrugadas cuando despierto agitado, con los ojos vacíos y la nostalgia a flor de piel.

     Daba una y veinte vueltas en la cama, sin poder ignorar el bullicio de los de afuera. Me levanté, pies descalzos y pelo enmarañado, para ir al patio trasero. Entonces la ví: redonda y brillante como la yema de un huevo, flotando en el cielo distante.

     Soy de las personas que siempre han visto la luna plana. Tan plana como la que uno dibuja en los cuadernos de adolescencia estudiantil aburrida en los cuadernos del colegio. Tal vez el alcohol que flotaba en el ambiente había penetrado los poros de mis brazos descubiertos, o mis pies habían pisado el LSD que Ambrosio derramó en un cómico ataque de pánico el día anterior. Como puede ser que por vez primera vi el cielo sin prejuicios; sin esperar que aquel paisaje que siempre supuse como plano y punteado se me presentara tan lejano y palpable, con la redondez exquisita y brutalmente tangible de la luna. En ese momento pensé en apodarme Lunático, como aquellos que viven, ven y comen sin esperar nada. Como los que abrazan al futuro y lo vuelven su presente, llenos de voluntad y un corazón extasiado por la vitalidad del dasein. ¿La moraleja del cuento? Si sus hijos son bien entendidos, no les compren cuadernos.

Y claro que existen más historias estúpidas en el 512 del Centro Histórico, lo juro por mi vida.



sábado, 5 de octubre de 2013

Apartamento 512


                                                 



     No era guapa, y mucho menos tecno-cumbiera. Tenía el pelo enmarañado y su mirada escapaba al contacto directo con las personas en la sala improvisada de aquella casona que alquilábamos tres. Éramos cuatro o cinco de vez en cuando. Llegamos a ser seis una vez.

     Es una típica casona del Centro Histórico, espaciosa, con puertas estrechas, tuberías mal planificadas, dos patios y partida por la mitad. Nuestra mitad estaba bastante descuidada. La negligencia de los años le daban un toque bohemio, la lamiluz que cubría los dos medios patios hacía que el aire y la nostalgia de los Bauer se apelmazaran en los corredores. Los anteriores inquilinos le habían transformado en un colegio pequeño, y los murales mal pintados le daban un aspecto inquietante de noche. ¿Alguna vez estuviste de noche por un colegio abandonado? Las risas y travesuras de los niños quedan atrapadas al atardecer y te juegan bromas por la noche. A eso había que sumarle los quejidos, llantos, murmullos y gritos de dolor que emanaban del hospital que ocupaba la otra mitad de la casa.

     Atraída inevitable y súbitamente por la gravedad, su cabeza pegó de repente sobre mi hombro. De un brinco alarmado volvió a erguirse, y de nuevo éramos dos estatuas ojerudas sentadas en el mismo sillón. Sus ojos se mantuvieron alerta por un momento. Traté de descifrar el nombre bordado en su blusa, y por el tipo de diseño supuse que era de alguna banda de rock nórdico. Fue entonces cuando me dí cuenta de los pequeños detalles que escapaban a mi distraída atención. Todo su cuerpo se estremecía de vez en cuando; era como si tuviera ráfagas de energía incontrolable y luchara contra el cansancio de mantenerse dentro de las fronteras de una conducta normal. Ojos irritados, respuestas retrasadas a preguntas sencillas, voz con una amplia gama de tonos, manos inquietas, respiración irregular.

     Cuando el Chino se metió los billetes en el bolsillo, la pasó llevando del brazo. Los dos salieron al bullicio insoportable de la calle, se montaron en una scooter y se despidieron con una sonrisa de ojos rojos. Cerramos la puerta y regresamos a la sala a inspeccionar más de cerca la hierba que habíamos comprado. Me era dificultoso mantener la atención en un punto fijo, y cuando no miraba los cogollos pegajosos, veía las sombras que proyectaba la calle en la ventana, separaba las semillas y las ponía en un hermético aparte o escuchaba atentamente los ruidos que venían del hospital. Pareció una eternidad. Ambrosio interrumpió mi estado de distracción. -"¿Te diste cuenta? Esa chava andaba bien loca. De plano es coquera."

     Gente de aquí y de allá, saltando en la vida de los otros, re-encausando ríos de existencia, moldeando y persuadiendo voluntades, intercambiando experiencias, fortaleciéndose. Unos vienen con la mano extendida, esperando vivir lo suficiente como para no tener que despedirse antes de que la champurrada húmeda caiga en la taza de café hirviendo.  A otros, los vemos pasar de lejos y solamente nos quedan sus haces de indiscreción. En algunos atardeceres, cuando las risas de los niños quedan atrapadas en el naranja del sol poniente, me dedico a enredar historias en las que aquella muchacha muere de sobredosis. Otras historias hay en las que escala a través del mundo del narcotráfico. Otras muy pocas y de ocurrencia rara, relatan un cuento en el que, tras varias introspecciones, logra mantener a raya las impertinencias de su nariz. Pero ayer, cuando el atardecer no fue naranja sino azul oscuro, imaginé que todos en la sala estábamos en algo, menos ella.

     Juro que hay historias felices por contar acerca de la casa en el 512 del Centro Histórico.

"Here's Johnny!"





     Pulsando frenéticamente el backspase en la computadora de mi esposa es como comienzo a deshacerme del bloqueo que me ha separado de la escritura por dos años ya. Es como si Gabo tuviera razón, y la historia parece venir en ciclos, como engranajes perfectamente redondos. Mis últimas publicaciones fueron hace exactamente dos años, y en esos setescientos y pico de días no había tan siquiera intentado re-comenzar a escribir.

     Es como cuando uno crece y controla su esfinter. No es que controlara mis impulsos sobre el teclado, pero vino de repente, casi sin sentirlo y de la nada: me sumergí de lleno en la vida tangible que me rodeaba. La misma pasión por la ciencia, el adecuatio, la aventura del pensar y los impulsos anarquistoides me separaron de la doctrina sociologista en la que retocé por un tiempo. Me despedí del mecanicismo y el comunismo, comí mierda trabajando para hindúes, me casé con el amor de mi vida que encontré en Facebook, la misma maravillosa mujer que me incitó a migrar mis constantes verborreas a Twitter,   escuché a Fernando Delgadillo en vivo sin saber quién era, pasé el 13 Baktun en Chichicastenango, murieron mis Bonsáis a pesar del delicado cuidado de mi madre, leí mi primer y posiblemente último libro de Stephen King, compré una guitarra y un afinador eléctrico que deje abandonados arriba del ropero tras no poder tocar Badge de Cream, trabajé para una empresa que hizo el ridículo en su debut en la bolsa de valores, me mudé dos veces, viví la psicodelia de los 70's en una zona hipster de la ciudad, manejé a más de 130kph en una moto, mi esposa me leyó Cien Años de Soledad en voz alta y otras muchas experiencias que vienen tan inesperadas como la visita de un familiar lejano. 

     Y no, mi esposa no está embarazada. Todavía.